En un escenario global sacudido por shocks energéticos y tensiones geopolíticas, la transición hacia energías limpias se consolida ya no solo como una urgencia ambiental, sino como una prioridad estratégica para la estabilidad económica y la seguridad internacional. Mientras los eventos climáticos extremos azotan con fuerza en este 2026, la agenda climática enfrenta el doble desafío de resistir el financiamiento de los combustibles fósiles frente a los precios récord del crudo y combatir las corrientes políticas negacionistas mediante la acción colectiva y la evidencia científica. Por Nasha Cuello Cuvelier

Guerra, petróleo e inversiones
La guerra entre Estados Unidos e Irán ha generado uno de los mayores shocks energéticos de las últimas décadas, con impactos directos sobre el precio del petróleo y la estabilidad económica global. La disrupción en el Estrecho de Ormuz, por donde circula una proporción significativa del comercio mundial de crudo, ha tensionado la oferta y disparado expectativas de precios que podrían alcanzar niveles cercanos a los 150 o incluso 200 dólares por barril.
Este escenario no solo incrementa los costos energéticos a nivel global, sino que también eleva el riesgo de recesión, presión inflacionaria y deterioro de las balanzas comerciales en países importadores netos de energía.
Al mismo tiempo, la volatilidad del mercado evidencia la fragilidad estructural del sistema energético fósil, altamente dependiente de geografías específicas y expuesto a conflictos geopolíticos, reforzando la noción de que la seguridad energética ya no puede disociarse de la transición hacia fuentes más resilientes y diversificadas.
El presidente de Corea del Sur, Lee Jae-myung, fue contundente al señalar que “el mundo está en caos por los problemas energéticos” y que depender de combustibles fósiles importados vuelve el futuro “extremadamente riesgoso”, llamando a acelerar la transición hacia energías renovables.
En la misma línea, el director ejecutivo de la Agencia Internacional de Energía, Fatih Birol, afirmó que una de las respuestas estructurales a esta crisis será la aceleración de las energías limpias, no por razones climáticas sino por seguridad energética, al tratarse de fuentes domésticas menos expuestas a shocks geopolíticos.
La transición energética como condición para la estabilidad económica
Desde Europa, distintos funcionarios han comenzado a posicionar las renovables como una herramienta clave para estabilizar costos y reducir vulnerabilidades externas, mientras que en China se observa un giro estratégico donde la política climática se articula cada vez más con la política industrial y comercial, buscando consolidar liderazgo global en tecnologías limpias.
En conjunto, estas voces reflejan un cambio de narrativa: la transición energética ya no se plantea únicamente como una necesidad ambiental, sino como una condición para la estabilidad económica y geopolítica en un mundo crecientemente incierto.
Al mismo tiempo, es importante reconocer que el aumento del precio del petróleo también genera incentivos en sentido contrario, reactivando inversiones en exploración y producción de combustibles fósiles. En contextos de precios elevados y alta rentabilidad esperada, proyectos que antes no eran económicamente viables vuelven a ser atractivos, especialmente en el caso del fracking en Estados Unidos.
Este tipo de extracción no convencional, con costos más altos y mayores impactos ambientales, tiende a expandirse rápidamente cuando el barril supera ciertos umbrales, reforzando la dependencia de los hidrocarburos en el corto plazo. Además, grandes empresas energéticas y actores financieros comienzan a reposicionarse para capturar estas rentas extraordinarias, lo que puede traducirse en una nueva ola de inversiones fósiles que compiten directamente con el despliegue de energías limpias.
Este fenómeno evidencia una tensión estructural: el mismo shock que acelera el interés por las renovables también puede prolongar la vida del sistema fósil si no existen marcos regulatorios claros y señales políticas consistentes que orienten la transición.
Defensa y seguridad
Otro efecto inmediato del contexto bélico es la reconfiguración de prioridades fiscales a nivel global. Ante escenarios de conflicto y creciente inestabilidad geopolítica, numerosos gobiernos están incrementando sus presupuestos en defensa y seguridad, muchas veces en detrimento de otras áreas estratégicas como la acción climática, la adaptación o la protección de la biodiversidad.
Este desplazamiento de recursos no es menor: la transición energética, la resiliencia de infraestructuras y las políticas de mitigación requieren inversiones sostenidas en el tiempo, planificación de largo plazo y coordinación internacional. Sin embargo, en contextos de urgencia militar, estas agendas tienden a perder centralidad política y financiamiento.
La consecuencia es un doble riesgo: por un lado, se posterga la respuesta a una crisis estructural como el cambio climático y, por otro, se refuerza un modelo de seguridad centrado en lo militar, cuando una parte creciente de las amenazas del siglo XXI (eventos extremos, inseguridad alimentaria, desplazamientos forzados) tiene un origen climático y requiere soluciones de naturaleza completamente distinta.
En este escenario, China emerge como un actor central en la reconfiguración del orden energético y climático global. Lejos de plantear la transición únicamente en términos ambientales, el país está integrando sus objetivos climáticos dentro de una estrategia más amplia de política industrial, tecnológica y comercial.
Esto se traduce en una fuerte apuesta por liderar las cadenas de valor de tecnologías limpias (como paneles solares, baterías y vehículos eléctricos), consolidando ventajas competitivas en mercados clave y posicionándose como proveedor global de soluciones energéticas. En un contexto de alta volatilidad de los combustibles fósiles, esta estrategia no solo reduce su propia exposición a riesgos externos, sino que también le permite proyectar influencia geopolítica a través de la exportación de tecnologías verdes.
Sin embargo, este liderazgo también abre interrogantes sobre nuevas dependencias, especialmente para países en desarrollo, que podrían reemplazar la dependencia de los hidrocarburos por una dependencia tecnológica si no desarrollan capacidades propias en la transición energética.
Negar el cambio climático no evitará sus consecuencias
En un contexto global marcado por la aceleración de la crisis climática, resulta de película de ciencia ficción que liderazgos políticos y (y una porción muy importante la sociedad apoyándolos) nieguen el cambio climático abiertamente y establezcan una agenda que destruye toda regulación y movimiento a favor del ambiente.
El caso más llamativo a nivel internacional es claramente el de Estados Unidos con “Drill, baby, drill”. No es solo un slogan, sino una posición ideológica clara a favor de la explotación de combustibles fósiles que se traduce en desregulación ambiental, financiamiento explícito al sector fósil y una batalla cultural clave anclada en hacer “America great again” basado en un modelo de siglos pasados.
En Argentina, el presidente ha calificado al cambio climático como una “mentira socialista”, promoviendo además la desregulación ambiental como se evidencia con el tratamiento de la Ley de Glaciares. “No sea cosa que, con esto de cuidar a la Tierra, con el ambientalismo idiota, entonces hay que destruir el ser humano porque rompe el planeta” ¿Para qué nos dio el creador el planeta? ¿Para qué? ¿Para contemplarlo?” (Dichos del presidente durante un almuerzo organizado por la Bolsa de Comercio de Córdoba). No se trata sólo de discursos, esto se traduce en desfinanciamiento, desinformación y desregulación.
En lo que va de 2026, los eventos climáticos extremos confirman con contundencia que la crisis climática ya no es una proyección futura sino una realidad presente y sistémica. Desde olas de calor inusuales que superan los 40 °C en India, hasta inundaciones prolongadas en Ecuador que han afectado a más de 46.000 personas, pasando por deslizamientos fatales en la República Democrática del Congo y lluvias intensas en
Kenia y Etiopía con decenas de víctimas y miles de desplazados, el patrón es claro: mayor frecuencia, mayor intensidad y mayor impacto social. A esto se suman incendios forestales sin precedentes en estados como Nebraska y Oregón, inundaciones históricas en Hawái con pérdidas millonarias, y afectaciones productivas en Australia tras eventos climáticos extremos. Incluso regiones tradicionalmente estables enfrentan anomalías, como nevadas intensas en China o niveles alarmantemente bajos de hielo marino en el Ártico.
Este conjunto de impactos evidencia no solo la aceleración del cambio climático, sino también su carácter profundamente desigual, donde los países y comunidades más vulnerables son quienes enfrentan las consecuencias más severas, en línea con lo advertido por el IPCC.
El compromiso de Sustentabilidad Sin Fronteras
Contra viento y marea, el equipo de SSF continúa impulsando la agenda climática en América Latina con una visión estratégica y de largo plazo. Abordamos la crisis climática desde un enfoque integral que reconoce sus dimensiones ambiental, social, económica y política. Actuamos como puente entre la ciencia y la política pública, entre el Estado y la sociedad civil, entre las ideas y su implementación concreta, y entre el presente y los futuros posibles.
En 2025, ejecutamos más de 25 proyectos que integraron evidencia científica, articulación multisectorial y enfoque territorial para acelerar la mitigación, la adaptación y la incidencia. Estos esfuerzos se tradujeron en impactos concretos, desde el fortalecimiento de políticas públicas subnacionales hasta el desarrollo de herramientas técnicas, la promoción de procesos participativos y la consolidación de espacios de incidencia a nivel internacional.
De cara a 2026, proyectamos la implementación de más de 30 iniciativas. Entre las principales líneas de trabajo se destacan el acompañamiento a planes de respuesta provinciales en Argentina, la consolidación del Observatorio Nacional de Acción Climática, el lanzamiento de un manual de ciudades sostenibles, el desarrollo de un programa de fortalecimiento de capacidades para gobiernos subnacionales de América Latina, la elaboración de reportes técnicos sobre amenazas climáticas y planes de adaptación, la instalación de monitores de calidad de aire, la promoción de esquemas de articulación público-privada para la gestión de residuos, y el despliegue de campañas de alcance regional.
Este trabajo se complementa con una activa participación en espacios internacionales estratégicos como la Conferencia de Santa Marta, la London Climate Action Week y la COP31.
Este informe 2026 es parte de nuestro compromiso desde la búsqueda de información de calidad orientada a la acción reconociendo su dimensión multisectorial. Ofrece una lectura integral y estratégica de la agenda climática en América Latina, abordando desde la gobernanza y la cooperación internacional hasta los desafíos concretos de implementación en territorio.
Se estructura en cinco grandes bloques temáticos que permiten abordar la agenda climática de manera integral.
La parte 1 contempla el panorama regional y la gobernanza climática, incluyendo el pulso de las COP, la transición justa, el estado de las NDC en América Latina, el avance del litigio climático, el rol del sector asegurador, la comunicación de la crisis, el Acuerdo de Escazú, la incorporación de la perspectiva de género y herramientas como el Observatorio Nacional de Acción Climática.
La parte 2 contempla los desafíos vinculados al financiamiento, los mercados y las responsabilidades, abordando el acceso al financiamiento climático, las oportunidades para gobiernos subnacionales, el funcionamiento del mercado de carbono y el debate sobre pérdidas y daños.
La parte 3 contempla la transformación productiva y la mitigación, con foco en el rol del sector privado, la innovación climática, la transición energética (incluyendo hidrógeno, biocombustibles, metano y energía nuclear), así como soluciones basadas en la naturaleza y movilidad sostenible.
La parte 4 contempla la adaptación y la resiliencia territorial, destacando temas como salud y clima, sistemas de alerta temprana, uso de imágenes satelitales y capacidades de implementación a nivel subnacional.
Finalmente, la parte 5 contempla el rol estratégico de los gobiernos subnacionales, poniendo en valor las alianzas regionales, los acuerdos de cooperación y los sistemas de monitoreo como pilares para escalar la acción climática.
Este informe se posiciona como una herramienta estratégica de alto valor para la toma de decisiones en materia climática en América Latina. Reúne contribuciones de referentes de primer nivel provenientes de organismos internacionales, sector privado, academia y sociedad civil, lo que garantiza una mirada rigurosa, diversa y basada en evidencia.
Su carácter gratuito, de acceso libre y disponible en español elimina barreras de acceso al conocimiento, ampliando su alcance e impacto en la región. Al mismo tiempo, ofrece análisis aplicados, comparativos regionales y herramientas concretas que lo convierten en un insumo especialmente útil para decisores públicos y privados que necesitan traducir la complejidad de la crisis climática en políticas, inversiones y acciones efectivas.
De parte de todo el equipo SSF, queremos agradecerte por leerlo y te invitamos a compartirlo.
Si el cambio climático es una crisis creada por decisiones humanas, también puede ser revertido por decisiones humanas basadas en ciencia, justicia y acción colectiva. Te invitamos a ser parte de la solución.


Agradezco haber encontrado éste material completísimo y tan esclarecedor, compilado de actualidad y procesos venideros. Lo comparto a mis compañeras de la materia Educación Ambiental del 2do. año de la Tecnicatura en Tiempo Libre y Recreación, Campana, Bs. As.
Intervenciones recreativas con abordaje en cambio climático son altamente interesantes y beneficiosas.
Gracias por coherentes con el “acceso al conocimiento”.