Hidrógeno verde en América Latina: avances, riesgos y el camino hacia 2030

América Latina es una de las pocas regiones del mundo que combina recursos renovables de primer nivel con acceso estratégico a rutas comerciales tanto del Atlántico como del Pacífico. Desde los vientos de la Patagonia hasta el potencial solar de Brasil, la región está estructuralmente posicionada para producir parte del hidrógeno verde de menor costo del mundo. Por Simran Sinha.

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Las carteras de proyectos reflejan esa ambición. Países como Chile y Brasil han anunciado portafolios de varios gigavatios, mientras distintos corredores orientados a la exportación buscan posicionarse para abastecer la demanda europea y asiática. Sin embargo, el contexto global está cambiando rápidamente. En Medio Oriente, proyectos de gran escala con fuerte respaldo estatal ya alcanzaron la decisión final de inversión y están entrando en fase de construcción; en Europa, las políticas del lado de la demanda están configurando los mercados iniciales; y en Estados Unidos, los subsidios a gran escala están redefiniendo la competitividad global. En otras palabras, la carrera mundial pasó de la ambición a la ejecución.

Frente a ese escenario, América Latina enfrenta una ventana de oportunidad cada vez más estrecha. Los anuncios avanzan más rápido que la concreción de los proyectos, y los próximos cinco años definirán si la región logra convertir su ventaja en recursos en proyectos de gran escala con viabilidad financiera. Más que una cuestión de potencial, lo que está en juego es la capacidad de ejecutar, coordinar y construir demanda.

Desde GH2, este es un patrón que observamos de manera consistente en distintas regiones. La principal restricción ya no es la falta de conciencia ni la ausencia de proyectos en cartera. La cuestión de fondo es otra: si esos proyectos pueden pasar del concepto a la viabilidad financiera.

Dónde se está consolidando el impulso al hidrógeno verde

Chile y Brasil lideran la transición del hidrógeno en la región, aunque lo hacen a través de modelos distintos. Chile se ha posicionado como una plataforma global de exportación. Su estrategia se apoya en la producción a gran escala y de bajo costo, así como en la exportación de derivados del hidrógeno.

La región de Magallanes, con recursos eólicos excepcionales, está emergiendo como un corredor emblemático de exportación. Allí, los desarrollos a gran escala se están diseñando como sistemas plenamente integrados que combinan generación renovable, electrólisis, desalación, producción de amoníaco e infraestructura de exportación. Más que desarrollo de proyectos aislados, se trata de construcción de sistemas.

Al mismo tiempo, el norte de Chile se está posicionando en torno a la demanda vinculada a la minería y a la infraestructura portuaria, lo que abre una segunda vía para conectar la producción de hidrógeno con el uso industrial doméstico. Brasil, por su parte, avanza con un modelo más impulsado por la demanda.

El hidrógeno se integra a la política industrial, con foco en el uso interno y una proyección exportadora más flexible. Hubs portuarios como Pecém y Açu están atrayendo inversiones significativas, apoyados en un amplio mercado doméstico y en una mayor claridad regulatoria.

¿Qué hace Brasil?

Brasil no está esperando a los mercados de exportación: está construyendo demanda en su propio territorio. Esto se ve con especial claridad en el sector de los fertilizantes. En Brasil y Paraguay se está anunciando un número creciente de proyectos de amoníaco y fertilizantes verdes, orientados tanto a la agricultura local como a los mercados de exportación. Desarrolladores como Atome Energy, en Paraguay, están avanzando en la producción de fertilizantes verdes vinculados a recursos hidroeléctricos, posicionando al país como un productor de amoníaco de bajo costo. En Brasil, a su vez, están surgiendo múltiples iniciativas para descarbonizar la producción de fertilizantes y reducir la dependencia del amoníaco importado, mientras actores industriales exploran cadenas de valor integradas entre hidrógeno y amoníaco.

Los fertilizantes verdes no son una aplicación de nicho, sino un punto de entrada estratégico. Combinan demanda clara, infraestructura existente y relevancia inmediata para la seguridad alimentaria. Desde la perspectiva de GH2, representan una de las vías más inmediatas y escalables para anclar la demanda temprana de hidrógeno a nivel global.

Uruguay y Colombia están emergiendo como países que vienen detrás, pero con propuestas creíbles. Ambos han desarrollado estrategias nacionales y avanzan con proyectos piloto, particularmente en fertilizantes y movilidad. Su fortaleza reside en la claridad de las políticas y en la coordinación institucional; su desafío será escalar más allá de la fase piloto. Argentina, en cambio, sigue siendo uno de los países con mayores recursos de la región, especialmente en la Patagonia. Sin embargo, la volatilidad macroeconómica y la incertidumbre regulatoria continúan retrasando los plazos de los proyectos y debilitando la confianza de los inversores.

En toda América Latina empieza a perfilarse un patrón claro: avanzan los proyectos vinculados a demanda industrial o a cadenas de valor integradas, mientras que se desaceleran aquellos basados únicamente en supuestos de exportación. El mercado ya está filtrando qué proyectos, detrás de esa ambición, tienen reales posibilidades de avanzar.

América Latina en la carrera global del hidrógeno

A nivel global, el mercado del hidrógeno está entrando en una fase más selectiva. La primera ola de anuncios está dando paso a un número más acotado de proyectos que efectivamente avanzan hacia la decisión final de inversión. Al mismo tiempo, el capital se ha vuelto más disciplinado, y tanto desarrolladores como financiadores están priorizando proyectos con trayectorias de ejecución creíbles. Se terminó, así, la era de los comunicados de prensa y comienza una etapa en la que lo decisivo es la viabilidad financiera.

Esta tendencia se observa en distintas regiones. En Medio Oriente, una fuerte coordinación estatal ha permitido que proyectos de gran escala avancen. En Europa, los instrumentos del lado de la demanda están creando mercados iniciales para los derivados del hidrógeno. En Estados Unidos, los subsidios a la producción están atrayendo inversiones y acelerando el despliegue.

América Latina se sitúa entre esos modelos. Tiene competitividad en costos y una clara ventaja en recursos, pero no cuenta con el mismo nivel de creación coordinada de demanda ni con mecanismos equivalentes de reducción del riesgo financiero.

Eso representa al mismo tiempo una oportunidad y un riesgo. Si la región logra alinear política, infraestructura y financiamiento, puede convertirse en un líder global. Pero si no lo hace, corre el riesgo de perder la ventaja inicial frente a regiones que están avanzando más rápido en ejecución. La ventaja en costos, por sí sola, no ganará esta carrera: la coordinación sí.

Los riesgos reales y cómo abordarlos

El desafío de América Latina no radica en la disponibilidad de recursos, sino en la ejecución a nivel sistémico. En primer lugar, la disponibilidad de agua sigue siendo una restricción crítica en regiones áridas como el norte de Chile. La producción de hidrógeno a gran escala exige que la infraestructura de desalación se integre desde el inicio, porque el agua no es una restricción secundaria, sino un parámetro central de diseño.

En segundo lugar, los proyectos de hidrógeno requieren volúmenes muy elevados de capacidad renovable adicional. En muchos casos, los desarrollos duplican la capacidad renovable necesaria en una región determinada, lo que genera presión sobre el uso del suelo, la infraestructura de red y los sistemas de permisos. En tercer lugar, las brechas de infraestructura siguen siendo un cuello de botella central. Puertos, almacenamiento, ductos y redes de transmisión suelen estar subdesarrollados o no haber sido diseñados para derivados del hidrógeno, lo que incrementa tanto los costos como el riesgo de ejecución.

A esto se suma un cuarto factor: la licencia social se está volviendo decisiva. Los proyectos avanzan sobre regiones con ecosistemas sensibles y comunidades con experiencia limitada en desarrollos industriales de gran escala. Por eso, los retrasos vinculados a los permisos y al relacionamiento con las comunidades ya son visibles.

Finalmente, la logística y la distancia a los mercados introducen incertidumbre en los costos. Si bien América Latina puede alcanzar costos de producción altamente competitivos, el transporte hacia Europa y Asia puede erosionar esa ventaja.

Todos estos riesgos son conocidos. El problema ya no pasa por diagnosticarlos, sino por coordinar respuestas. La planificación integrada de infraestructura debe adelantarse a los proyectos individuales: los puertos, la desalación y la expansión de redes deben desarrollarse como sistemas compartidos, y no como componentes específicos de cada proyecto. Del mismo modo, la claridad regulatoria es crítica, ya que los plazos de permisos y los procesos de aprobación deben ser previsibles y eficientes.

La coordinación público-privada también es esencial. Las instituciones de financiamiento para el desarrollo, los gobiernos y los desarrolladores privados deben alinearse en la secuencia de inversiones y en la asignación de riesgos. En este punto, el rol del financiamiento concesional y catalítico se vuelve central.

Instituciones como el Banco Mundial y otros actores del financiamiento al desarrollo están interviniendo cada vez más no solo con deuda, sino también con capital en etapas tempranas, garantías y estructuras de financiamiento combinado para atraer capital privado.

Desde GH2, esta es una conclusión recurrente en distintas regiones: el capital no está ausente; el problema es que no está alineado con el perfil de riesgo de las etapas tempranas. Más importante aún, los proyectos deben ir más allá de modelos puramente orientados a la exportación. El desarrollo de polos de demanda industrial en fertilizantes, acero y combustibles marítimos ofrece una vía más creíble para alcanzar viabilidad financiera en fases tempranas. Sin demanda, no hay acuerdo; y sin acuerdo, no hay hidrógeno.

La perspectiva hacia 2030: una década de selección

El período 2026-2030 no estará definido por un crecimiento uniforme en toda la región, sino por un proceso de selección. Un número limitado de proyectos alcanzará la decisión final de inversión, mientras que muchos otros no lo harán. En ese contexto, el factor diferenciador clave será la viabilidad financiera.

Por eso, gobiernos e inversores deberían concentrarse en un conjunto acotado de señales. La primera es el avance hacia las decisiones finales de inversión, ya que el paso de los estudios de factibilidad al capital comprometido es el indicador más importante del impulso real. La segunda es la claridad sobre la demanda: los proyectos con contratos de compra asegurados, especialmente en fertilizantes, amoníaco y combustibles marítimos, avanzarán más rápido que aquellos que dependen de mercados de exportación inciertos. En definitiva, la demanda es la puerta de entrada al financiamiento.

La tercera señal es el desarrollo de infraestructura en torno a puertos y polos industriales, porque los hubs integrados serán los que definan dónde es posible alcanzar escala. La cuarta es el apoyo de política pública a la demanda doméstica: instrumentos del lado de la demanda, como contratos de largo plazo, compras públicas y mecanismos de apoyo a precios, serán fundamentales. La quinta, por último, es el acceso a financiamiento concesional y combinado. Las instituciones de financiamiento para el desarrollo cumplirán un rol central para abordar el riesgo previo a la decisión final de inversión y reducir el costo del capital.

El capital está disponible. Lo que falta es alineación. En ese marco, es probable que la trayectoria de América Latina se dé por fases. Los primeros en moverse, como Chile y Brasil, verán la primera ola de proyectos alcanzar la decisión final de inversión. Los proyectos vinculados a fertilizantes, en particular al amoníaco verde, probablemente estarán entre los primeros en avanzar, dado que cuentan con señales de demanda más claras y con estructuras de mercado ya existentes.

Más atrás seguirán los segundos jugadores, a medida que maduren la infraestructura y los marcos regulatorios. En cambio, los proyectos que continúen dependiendo de mercados de exportación inciertos o carezcan de planificación integrada tendrán dificultades para progresar.

Conclusión: del potencial a la ejecución

A América Latina no le falta ambición; lo que le falta es coordinación. La región ya se ha consolidado como un actor creíble en el panorama global del hidrógeno. La pregunta ahora es si podrá pasar de la ambición a la ejecución. Y para eso hace falta un cambio de enfoque: pasar de los anuncios a la implementación, de proyectos aislados a sistemas integrados y de supuestos de exportación a creación de demanda.

Desde la perspectiva de GH2, hay tres prioridades que se destacan. La primera es anclar la demanda desde el comienzo. Sin contratos de compra creíbles, los proyectos no alcanzarán la decisión final de inversión. En ese sentido, los fertilizantes, los combustibles marítimos y los polos industriales ofrecen las vías más inmediatas.

La segunda prioridad es planificar la infraestructura a nivel sistémico. Los puertos, la desalación y la expansión de redes deben desarrollarse antes de que maduren las carteras de proyectos. La tercera, finalmente, es alinear el financiamiento con el riesgo. El capital concesional y los mecanismos de financiamiento combinado deben desplegarse en la etapa previa a la decisión final de inversión, que es donde la brecha es más aguda.

Aquí es donde las plataformas de coordinación internacional, las coaliciones industriales y las intervenciones de política focalizadas pueden cumplir un rol catalizador. Los países que tengan éxito serán aquellos que logren alinear política, infraestructura y financiamiento en torno a proyectos con viabilidad financiera. La oportunidad sigue siendo significativa, pero la ventana para capturarla se está estrechando. Y en este mercado, llegar a tiempo también es parte de la estrategia.

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