Superchicas

Mujeres que colaboran con comunidades para aprovechar el agua, tratar la basura y construir viviendas.

– Ruth Amarilla –

Llegué a este planeta una tarde de febrero, cuando el sol tibiecito quemaba suavemente si te parabas largo rato por ahí. No lo dije yo, lo escuché de una enfermera que ingresaba a su guardia “¡Qué calorcito que quema!”, dijo. Yo había llegado a una cuidad, supe el nombre luego de que me hicieron el registro de nacimiento y mamá lo leyó en voz alta: “Cuidad de Asunción”, en un país pequeñito de nombre Paraguay. 

Fueron muchos mis caminos, cada uno de ellos me enseñó que podía soñar y ser libre, que podía sostener la vida desde todos los espacios el los que yo me sembrara. Pasaron muchos años. El mundo dio un salto y yo duermo tranquila. Vivo en un barrio de bioconstrucción: la energía que utilizamos es renovable, aprovechamos la luz del sol para los paneles, el agua se reutiliza de todas las formas posibles. A pesar de ser verano la temperatura es agradable, el sol amigable, las plantas de mi jardín florecieron con miles de flores que agradecen el fresco de la mañana. 

Hoy me desperté emocionada. Prendí la tele y las noticias son buenas: en el centro de Asunción los arroyos corren cristalinos, se ha encontrado una nueva variedad de pez y los árboles de naranjos están rebosantes por las calles. Los transeúntes pueden tomar las frutas que quieran de las veredas. Hasta el conductor dijo él saldrá a su caminata diaria con un bolso reciclado a juntar algunas. 

Tengo el pelo desparramado. Son las 9 de la mañana, siento la plenitud del viento en el patio mientras escucho a la vecina clasificando sus basuras y los residuos porque pronto pasará el recolector. Respiro hondo, suspiro lento. El aire que se siente eriza la piel, la brisa fresca de la mañana da vida y veo como otro reciclador aprovecha lo que ya se ha clasificado.

Tengo dos hijos y dos hijas. Extraño a las niñas que se han mudado a un lugar maravilloso para estudiar una tecnicatura en Ciencias Ambientales. Es en la Reserva del Mbaracayú, 64.500 hectáreas de zona boscosa ubicada al noroeste de Paraguay donde habitan miles de especies de la fauna y la flora. 

Sigo parada en el patio a la sombra de un lapacho que ha crecido en un costado de la casa. En las calles la gente se mueve caminando, en bicicletas y monopatines. Yo prefiero usar rollers: es un placer subirme en ellos y patinar a destino. El tiempo ya no me apremia. No ando desesperada como antes, me siento más liviana. Trabajar en conjunto con otras mujeres hace la vida más llevadera. En chiste nos llamamos “superchicas”: siempre estamos trabajando por el sueño de alguna, porque son sueños colectivos. 

Trabajamos juntas con comunidades y esta semana iremos a visitarlos. Tienen una producción diversificada que es compartida y vendida para sostenerse económicamente. ¡Hay de todo! Es un gusto comer en la casa que me aloja: porotos, lechuga, huevos, leche, gallinas, tomates, cebollas, acelgas, berenjenas, locotes, perejiles, cebollines, calabazas, pepinos. No alcanzo a mencionar todo lo que producen, yo solo sé comer y me alegra el corazón hacerlo de manera saludable. Es la base para una buena salud. 

Recuerdo cuando llegué por primera vez a esta comunidad. Me encontraba en medio de la incertidumbre de lo que sería y caminé los seis kilómetros desde la entrada con la certeza de que una vez más la vida me ponía donde debía estar. Tienen todos los servicios básicos: atención a la salud, escuela, parque, cancha. En la escuela los niños y las niñas aprenden a cuidar el ambiente y a cuidarse unos a otros. A las reuniones asisten madres y padres, ninguno falta, porque siempre hay mucho que traer de esos espacios para mejorar el acompañamiento a las niñeces.  

La casa que me hospeda cada vez desde la primera está hecha de bioconstrucción, vidrios, plásticos, abobe y paja. ¡Un sueño! En las comunidades se ha instalado un equipo que hace minga para la bioconstrucción de casas y ya lleva construidas 1,213 casas. Pronto serán más porque todos los días nos llaman pidiendo si el equipo puede ir a capacitar a comunidades más y más lejanas.

Instalamos una huerta comunitaria de hierbas medicinales, con sistema de riego. Un grupo de mujeres trabaja en la producción, acopio y procesamiento y otro grupo se encarga de la venta y la administración de lo producido. Hay un vivero de plantines con un sistema de almacenamiento de agua de lluvia, que cosechamos y aprovechamos para uso doméstico. Me recuerda al Mercado Central de Abastecimiento y cómo aprovechaban el agua para la limpieza.

La comunidad cuenta con un espacio para el desarrollo de las infancias. Suena fuerte la música y las risas. Se garantiza la educación y el empoderamiento. Me hace feliz hacer esto con mis “superchicas”: años de recorrido juntas y están presentes en cada una de mis acciones. Siembro junto con ellas y también con otras mujeres de las comunidades a las que llego, todas sostenidas por mujeres maravillosas. Nos reunimos en rondas, conversamos, debatimos y soñamos. Esa ronda crece todos los días y suma niños, niñas, adolescentes, hombres y se va expandiendo a cada vez más ciudades. 

Ruth Amarilla

Defensora, Asociación de Mujeres Kuña Techapyra. Desde niña se organizó defendiendo sus derechos, creció en el frente de lucha y resistencia. Sobreviviente de violencia, hoy defiende desde su organización y otras articulaciones el derecho de las mujeres, los derechos ambientales y territoriales, colaborando en las acciones por la justicia climática en Paraguay y desde la Escuela Feminista por la Acción Climática en América Latina

📩 ¿Querés recibir 1 relato por semana?
Suscribite 👉

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *