Carta desde el mar
Conviviendo con corales, mantarrayas y tortugas
– Oriana Mendoza –

Orión nunca dudó en que la máquina del tiempo funcionaría, Madre, pero cuando despertó en las arenas blancas de una playa en Barú rodeado de la inhóspita y densa selva de Manglar, se le erizó la piel y se le fue el aliento. Por suerte la teletransportación no dañó su máscara de buceo. Yo sí tenía miedo de moverme, como si al dar un paso la ilusión se acabara y despertáramos nuevamente en el frágil presente. Creo que incluso aguanté la respiración. El mundo hizo silencio y la naturaleza cantaba. Si se movía él o me movía yo pensé que el sueño se acabaría, pero el grito herido de las gaviotas nos sacó del asombro, y aunque el deja vú no se detuvo y los colores del caribe se veían intensos como una imaginación de islas remotas, solo que no lo imaginaba, yo estaba ahí cerquita a mi tierra, Cartagena.
La arena se sintió caliente amenazando como el sol del mediodía, y como yo me quedé buscando con los ojos las sombras inmensas de los árboles no me di cuenta que Orión iba como embobado por el coro de olas dando pasos en suspenso hacia la orilla del mar. Ninguno quiso pensar si era real que la arena quemaba, ya igual nos daríamos cuenta si estábamos vivos, si estábamos soñando o si éramos un fantasma o algún préstamo del cielo que corroboraría, todavía no sabíamos para quienes, lo que nuestros niños relatan hoy en día. Nos pusimos las máscaras y nos adentramos a bucear.
Primero, él, Madre. siempre primero, porque sus pies tienen la valentía que a mí me falta y después yo, detrás, como un guardaespaldas o como un salvavidas. Al tocar el agua me entregué en llanto y la vista se me empañó. El jardín submarino era tan inmenso, tan interminable, que sus colores superaban lo creado por inteligencia artificial. No había principio ni fin. Debajo del agua no había cielo ni tierra, todo era una gran ciudad coralina intacta y pura, cuyos océanos estaban conectados por caminos tectónicos sanos y en excelente estado, tanto que la tierra no se sentía separada, ni la humanidad dividida. Todas las especies, imagínate tú, tantas que no las puedas ni contar. Peces grandes como esos que salen en los concursos de pescadores, pero libres. Cardúmenes exagerados y completos. Yo sólo era llorar y llorar. Es que me parecía injusto ser los únicos que estaban ahí para ver los edificios de algas y los pilares de corales, o por ejemplo algunos animales que yo ni en mi vida había visto, ¿tú alguna vez habías escuchado del Manatí de las Indias Occidentales? ¿O alguna vez has visto a un tiburón ballena a menos de 100m de la costa? ¿Y aquí? ¿En el Mar Caribe de Colombia? No, no, no, no. Es que si Orión no va conmigo, tú seguro ni me crees.
Y esos son algunos de los que puedo nombrar, Ma, porque sabes que no soy una experta en biología marina. ¿O me crees si te digo que vi, no uno, sino como doscientos ochenta y cinco mil caballitos de mar? Los vi con mis ojitos. Sé que me emociono y no exagero cuando te digo que después de nadar un poco vi como un ballet de teatro azul… Eran ellas, las mantarrayas de arrecife ¡Qué loco! Porque sí las hay y aquí mismito en el Caribe colombiano, ¡Te digo que sí! Vi a la tortuga carey, que yo igual no distingo a todas las especies de tortuga, pero la carey, una sabe cuando la ve porque es como un animal mítico y su misterio te endurece como si vieses a los ojos a Medusa. A mi se me olvidó cómo respirar al ver esos tamaños. Una tortuga sana es así de grande (imagínate que abro los brazos y aún asi no me alcanza).

Orión gritaba bajo el agua eufórico. Espantaba a los tiburones, (sí, sí, tiburones y focas). Yo creo que incluso en otra temporada, te lo juro que uno puede ver a la Jorobada. Yo no sé, Madre, pero aunque en este sueño todos los animales convivían sin importar temporada ni hábitat, sino que se veían así revueltos, yo no vi la Jorobada.
Quizás es que para el otro viaje me espera lo mejor de lo mejor (sin ofender a los demás peces, pero es que la ballena es mi favorita, shhh). Y mira, tú sabes por ejemplo las loras, que hoy día… pufff ni de casualidad se ven, ni porque uno le prenda tres velas a la virgen y le agarre las nalgas a un elefante, no se ven. Y estas que yo vi, inmensas, ellas miden hasta 40 cm, bueno, ahora imagínate que todas tenían ese tamaño.
Todo acabaría. Sabía que todo acabaría. Lo que no esperé es que el fin fuese así de bello. Pensé por ejemplo que para llegar al cielo, moriría, y me encontré el cielo en tierra, en esta Tierra que habitamos.
No te puedo decir lo que pasó fuera del agua. Si los pescadores pescaban y si comían, qué comían. O si los pájaros se comunicaban con las mujeres y los ancianos contaban historias a los niños en la raíz de un viejo roble. No te puedo decir que los humanoides pintaban casas porque realmente son cosas que a mi no me despiertan el sueño.
Para mi ese fue el futuro: una careta y un tubo de snorkel. Y el corto tiempo que hago en apnea, igual de corto a lo que nos queda. Si no hacemos algo urgente, algo grande. Será ahora o será nunca. Por eso te escribo y te cuento, esperanza sí, siempre la hay. La crisis va parar, sí. Va parar. Solo si hacemos lo que dijimos que haríamos.

Oriana Mendoza
Es una soñadora profesional con enfoque digital y ambiental. Trabajó como especialista de marketing por 8 años, hasta que dejó la vida corporativa de Bogotá para volver a la costa Caribeña. Desde 2021 es analista de nuevos negocios para una empresa familiar del sector marítimo-industrial. En su búsqueda de un planeta más azul fundó una escuela de buceo que colabora con organizaciones locales para proteger a la gente del mar, la playa y los océanos. Academia #Freediving en Cartagena.
📩 ¿Querés recibir 1 relato por semana?