Educación e igualdad
Cuidado de la tierra y formación sin sesgo para niñas y niños
– Isaura Manzo Alfaro –

Estamos en febrero y el matilisguate empieza a dar sus flores rosadas. Cuando el viento sopla, se llena flores y trae también el aroma de los pinos. Han vuelto a ser tantos como cuando era niña y los sentía de noche, estudiando a la luz de una velita. Los campos están llenos de madrecacao, que han sido claves para recuperar las parcelas deforestadas y crear una barrera viva. Sus hojas van realimentando los suelos, que hemos nutrido con cushurro.
Estuvimos tan cerca de perderlo todo. Recuerdo los debates sobre las consecuencias que tendría una hidroeléctrica y cómo mis compañeras se organizaron para defender a la Madre Tierra. Eran tantas las causas por las que pelear que parecía que no podríamos con todas. Nos encontrábamos siempre, quienes estábamos más en un tema y quienes se ocupaban de otro, sabiendo que teníamos un objetivo en común.
En el “corredor seco” en la zona de Chiquimula llegamos a sentir los efectos del cambio climático. Por eso pudimos oponernos tan fuerte, sabíamos qué estábamos arriesgando. Esa defensa fue un paso clave. Estrechamos lazos entre vecinos. Los debates nos permitieron pensar en cómo queríamos vivir, qué clase de comunidad estábamos formando.
Yo recordé mi infancia en una comunidad rural en San Juan Sacatepequez. Cuando era niña fue todo felicidad, crecí cerca de los animales. Teníamos vaquitas, cerdos, aves de corral. Producíamos maíz, frijol, un poquito de café. Me gustaba ir a buscar agua a los nacimientos o a los pozos, ya ahí aprendí lo importante que era cuidarla, lo valiosa que es el agua. A medida que fui creciendo empecé a ver los desafíos de esa vida, como desde niña nos iban enseñando que las mujeres estábamos restringidas a cierto tipo de trabajo. Tuve suerte porque mi mamá insistió en que nosotras estudiáramos, que pudiéramos tomar decisiones. Por eso uso doble apellido, para llevar el nombre de mi madre que sembró en mí la semilla del conocimiento y también de la igualdad.
Los vecinos saben mi nombre. Yo sé los de ellos, sus apodos, el nombre de los hijos e hijas, de los animales. Estamos vinculados porque es la mejor manera de cuidarnos unos a otros, especialmente a las mujeres y a las niñas. Nos ha llevado tiempo, dolor y esfuerzo construir una vida libre de violencia. No quiero que ninguna sufra lo que yo sufrí.
Me duele recordar el silencio que permitía que la violencia avanzara sin frenos ni castigos. Aquí en Guatemala incluso con leyes contra el femicidio, con juzgados y fiscalías, era muy difícil. Faltaba sensibilidad de los operadores de justicia, los anuncios llegaban sin fondos para aplicarlos. Era difícil que las mujeres pidieran ayuda, sí. Y luego era difícil que la obtuvieran.

Hubo que tender lazos solidarios y romper viejas estructuras. Especialmente tender nuestros brazos a las mujeres rurales e indígenas. Las condiciones de pobreza extrema y dependencia económica hacían aún más difícil escapar a situaciones de violencia o abuso. Parecía que nos habíamos acostumbrado a que era así. Hasta que eso cambió.
Trabajar para erradicar la violencia fue también pelear contra la pobreza. He sido muy amante de la captación de agua de lluvia, ha sido parte de mi trabajo en la extensión rural. Que las mujeres no tengan que caminar tanto para ir a jalar agua era fundamental para las familias. Poder tener agua y trabajar con hortalizas y animales domésticos fue un paso fundamental para el trabajo en desnutrición. Hoy cada casa tiene un sistema para aprovechar la lluvia, aunque el agua no sea tan escasa. No soltamos aquello que aprendimos.
Los estragos del capitalismo nos dejaron enseñanzas. Las mujeres tienen sus negocios y emprendimientos que defienden porque son un seguro de supervivencia.
Ahora la comunidad entera está atenta. Tengo diez nietos: seis varones y cuatro mujeres y me gusta ver que se crían sin diferencias de género. No sólo en la educación fuera de casa sino en las tareas dentro del hogar. Se enseña por igual a levantar la mesa, colaborar entre todos. También las pequeñas tareas del campo: la alimentación, producción de leche, ordeñar, procesar, hacer el quesito, sacar la crema. También el acarreo de leña, recoger los granos como el frijol y el maíz.
Me gusta cuando vienen a visitarme. Como estoy jubilada, las mañanas son tranquilas y puedo preparar tortilla y requesón sin tanto corre corre, sabiendo que podemos sentarnos a la mesa y tomarnos el tiempo de conversar. Existo porque he resistido. Soy memoria. Y aunque sigo haciendo trabajo y constantemente llegan mujeres con las que colaboro, la charla con los nietos es sagrada. Quiero que conozcan a su abuela y les pueda contar cómo llegamos hasta acá.

Isaura Manzo Alfaro
Mujer guatemalteca, maestra, feminista, defensora de derechos humanos, fundadora y socia de asociación de Mujeres Las Tinajas, socia e integrante de junta directiva de Asociación trinacional HOSAGUA, Guatemala, vela por la igualdad de derechos, una vida libre de violencia, que forma parte de la Plataforma Semiáridos ILC, plataforma de mujeres y acceso a la tierra, fundadora del Foro Nacional de la Mujer, multisectorial Chiquimula, participante en espacios de incidencia y toma de decisión CODEDE, participante en la actualización de la política de Promoción de las mujeres guatemaltecas y su plan de equidad 2008- 2023.