Menos consumo, más cuidado

Gestión de la basura, regeneración de los océanos y acuerdos entre naciones

– Astrid Puentes Riaño –

¿Te imaginas que hubo un tiempo en que las infancias no podían ir solas por la calle ni salir a jugar con calma al aire libre porque se enfermaban? ¿Me creerías si te digo que en esos tiempos todo estaba envuelto en plástico? ¡Hasta las frutas y las verduras! La comida no nutría, las casas no tenían huerto y la energía que usábamos producía gases tóxicos. Así fue, realmente. ¿Sabes cuándo cambió todo? Te lo voy a contar.

Fue en los años veinte del siglo XXI, cuando pudimos detener el cambio climático. Hicimos una transición de los combustibles fósiles, de una manera justa, inteligente y rápida. Pudimos lograr que los Estados y las empresas que más contaminaban y dañaban a la biodiversidad, nuestro aire y nuestro clima, comenzaran a aportar desde sus riquezas a la restauración de la naturaleza. Así pudimos proteger otros modos de vida realmente balanceados y pagar la transformación cuyos resultados ahora estamos viviendo. 

Cuando miro mi casa me enamoro de su maravilloso jardín con huerto. Tengo setas y champiñones, me encanta que se pueden cortar y cocinar inmediatamente. También uchuvas, feijoas, tomates, jitomates, lechugas y albahaca. Cuando la lluvia ayuda tengo papa, frijoles, rábanos y brócolis. Y siempre una sección de hierbas, flores, bayas y fresas. 

Reviso las plantas y respiro profundamente el aire limpio que nos costó mucho trabajo conseguir. Antes era imposible pensar en tener este aire limpio, agua limpia y ver ecosistemas vivos interactuando con los sitios 

donde vivimos. Hoy me siento muy orgullosa de lo que logramos: estamos consumiendo solo lo que realmente necesitamos. Pudimos deshacernos de la demanda de combustibles fósiles y también del plástico que fue tan dañino. Imagínate, el plástico casi acaba con toda vida en el océano. 

¿Cómo lo logramos? Tuvimos que usar mucho nuestra creatividad, regresar al conocimiento ancestral, escuchar la sabiduría de las personas mayores, de los pueblos indígenas y afrodescendientes. Por fin, nuestra manera de vivir ya no le está costando la vida ni al planeta ni a las personas. La humanidad florece sin acabar con la Tierra. 

Por supuesto que para que hoy podamos tomar agua directamente de la llave y ver a nuestros ríos y riachuelos sanos y vivos, tuvimos que cambiar nuestros estilos de vida. Por ejemplo, cambiamos nuestra manera de comer. Cuando logramos restaurar masivamente los suelos, se rescató también el valor nutricional de los alimentos. Nuestra comida está llena de colores y todos los nutrientes los podemos conseguir de ella. Algo bello es que a cada ciudad a la que vamos, en diferentes países, todo lo que comemos se ha cultivado y ha crecido en un marco de 30 kilómetros a la redonda, todo es local y delicioso.

¿Y qué hicimos con la basura? Por supuesto que tuvimos que encontrar una manera inteligente para procesar los residuos orgánicos, con ejercicios de consciencia y probando muchas técnicas. Compostamos todo lo que se puede. ¿El resto de la basura? Reutilizar, reciclar… y producir menos. Tecnología y saberes aplicados para resolver con menos materiales, más nobles. 

Desde el cambio, toda la tecnología se ha desarrollado sólo para el servicio de la naturaleza y de las personas. Ese balance se estaba gestando: el entendimiento de los conocimientos tradicionales y el desarrollo de tecnología pensada en la naturaleza nos llevó a uno de nuestros momentos más increíbles como humanidad que fue la recuperación del océano. Evitar la acidificación extrema con mucha paciencia, trabajo y cariño para restaurar los ecosistemas marinos. Aunque no fue el único ecosistema que salvamos, éste requirió millones de personas y muchísima dedicación. 

Quizás te preguntes cómo nos pusimos de acuerdo. Claro que no fue fácil pero logramos encontrar soluciones pacíficas, donde todos los Estados son libres y ejercen su autodeterminación, siempre pensando en el bien de sus habitantes y en lo mejor para los ecosistemas. 

Se armaron círculos de saberes y de conocimientos. Y a través de estos círculos se lograron identificar acuerdos, diferencias y cómo incorporar maneras que pudieran ser benéficas para todas las personas. Primero en pequeñas comunidades y luego cada vez más grandes, en universidades y espacios de debate hasta que se constituyeron como políticas públicas. La economía cambió y se enfocó en reconstruir y restaurar el planeta. 

Para rescatar a la biodiversidad, a los ecosistemas y a la naturaleza, se necesita comunidad. Valoramos a cada una de las personas que cuidan porque aprendimos que las labores de cuidado son responsabilidades compartidas. Nos cuidamos y cuidamos a las personas alrededor y a la naturaleza. 

¡Lo logramos! Miro el huerto y pienso que pudimos cambiar nuestra realidad y la de las generaciones futuras, pudimos pensar en ciudades y formas diferentes de vivir, rediseñar esos espacios. Agradezco que ahora puedo ver las montañas y el cielo, todos los días y que, si necesito transportarme, mis opciones son eficientes, seguras y sostenibles. 

Por fin, estamos viviendo en una sociedad donde en lugar de haber ganadores y perdedores, el apoyo y el cuidado están al centro y nos podemos relacionar con la naturaleza de manera armónica, amorosa. No puedo dejar de ver a las infancias caminando o en bicicleta, siendo libres, viviendo seguras. Veo también a las personas que las cuidan. Esa tarea antes invisible ahora es inmensamente valorada y se paga de diferentes maneras. Porque es claro que es necesaria. 

En mi día a día, con el aire limpio, mi comida llena de color, una forma de vida sincronizada con las estaciones, viendo toda la vida y su diversidad que logramos salvar, sólo puedo agradecer que pude verlo con mis propios ojos y te puedo contar esta historia: hubo una vez que logramos dejar que la creatividad, la inteligencia y el cariño se encontraran y pudieran reinventar el sistema.

Astrid Puentes Riaño

Relatora de Naciones Unidas para el derecho humano a un ambiente limpio, sano y sostenible. Dirige el Laboratorio por la Justicia Ambiental y Climática en la Universidad Iberoamericana de México. Abogada por la Universidad de Los Andes, con maestrías en Derecho Comparado (Universidad de Florida) y Derecho Ambiental (Universidad del País Vasco). Fue codirectora de la Asociación Interamericana para la Defensa del Ambiente. Tiene amplia experiencia académica, con publicaciones y docencia en instituciones como la American University y la UNAM.

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